15 octubre, 2008

Y yo estuve ahí


Hay una frase que dice: "Cuando te toca aunque te quites; cuando no te toca aunque te pongas". Dice mi amigo Juan Martín que es algo muy taurino, (Martincillo es algo muy taurino, pero también la frase según él), pero esta vez me sirve para contar que sin querer caí en la Babel de Hierro.

Yo no le voy a los Yanquis, Dios me libre, pero me tocó estar en el antepenúltimo partido en la historia del Yankee Stadium el 19 de septiembre pasado. Digo que me tocó porque 10 días antes no tenía ninguna intención ni esperanza de andar por Nueva York por esas fechas, pero el buen Chuck Blazer tuvo a bien organizar un ágape para periodistas mexicanos y aterricé en La Gran Manzana.

Nunca antes había estado en esa ciudad y me agradó. Yo catalogo las ciudades en dos grandes grupos: ciudades en las que podría vivir, y ciudades donde no podría vivir. Definitivamente NY es del primer conjunto.

No es un lugar común, pero tampoco me impresionó, ni me enamoré de ella ni nada, pero percibí que tiene vida, estrés, actitud y sobre todo puedes hacer cualquier cosa y ser parte de ella y al mismo tiempo ser un fantasma que camina ahí y ser absolutamente imperceptible dentro del paisaje.

Los newyorkers son como los chilangos: brutos, atrabancados, se empujan en el metro, se cruzan las calles como Yara por enmedio con el alto o el siga o como vendedores ambulantes. Son lo menos gringo que he visto y eso es bueno para mí, con decirles que hasta una ñora se me clavó en la cola de los hot dogs en pleno Yankee Stadium y como revendedora del Azteca me volteó a ver con cara de "di algo wey, quéjate y no te la acabas" y no tuve de otra que tragarme mi coraje, mi jocho y mi chela sin hacer pancho alguno.

Fueron pues, cuatro diítas muy sabrosos. Hospedado a cuatro cuadras de Times Square, una del Edificio Chrysler y con dos boletitos (que conseguimos vía internet gracias a Javier amigo de Neria) para despedirnos de la "Casa que Ruth construyó" (por cierto, era buen albañil el Bambino, porque con todo y sus 85 años a mí el Estadio de los Mulos me gustó mucho).

En compañía del Yoirtch Meléndez me interné para presenciar el juego 6 mil 578 en la historia del inmueble más célebre del beisbol mundial. Fue un hola y adiós, pero a la distancia creo que más que la terrible actuación de Pavano o el jonrón de Robinson Cano, lo que en mi mente no dejaba de dar vueltas como mayate (bichito volador que gira como loco cuando el sol se empieza poner, no aquél hidrocanóico individuo que busca compañía en las calles enfundado en una falda) era sobre cómo los gringos no tienen ningún empacho en derrumbar sus "catedrales".

La mitología gringa se compone a mi entender de dos grandes temas: deportes y guerras. En lo segundo para ellos todo se reduce a los buenos (EU) y los malos (el resto del mundo) y si no les regalas tu petróleo, uranio o gas, eres comunista, rojo o dictador o guardas armas de destrucción masiva, por eso como guerreros me caen muy mal, pero como deportistas y deportólogos saben cómo crear héroes.

Por lo menos yo he comprado completo aquello de que Ty Cobb era el hombre más fiero del mundo, que Jack Lambert comía las entrañas de sus enemigos, que Jordan saltaba dos canchas de basquetbol con la lengua de corbata, que Montana es el hombre más puro y perfecto del mundo, que Phelps (aunque no le gane a nadar a un charal) es la reencarnación de Tritón.

Adoro el olimpo deportivo gringo, desde su concepción en las escuelas y universidades, hasta su encumbramiento en dioses y su consecuente caída, con todas las historias que de ahí se desprenden y terminan en AP, Sporting News, etc.

Pero al mismo tiempo me parece un acto bárbaro derribar el templo y volverlo a edificar sin siquiera encontrar mercaderes profanos en su interior.

Ya tiraron el Tres Ríos, van por el Texas, se van a cargar el Shea y el ¡Yankee Stadium! A lo mejor soy el clásico viejito que se opone a la modernidad, pero no deja de parecerme una salvajada dinamitar 85 años de historia, así como si nada, como quien le jala la cadena al retrete.

Miren que era (sí ya era, del verbo nunca más lo volverá a ser) bien bonito ver cómo salían bailando "YMCA" los trabajadores del estadio en la quinta entrada, mientras le alisaban el cuadro al diamante. También una chulada, el cantadito de "Take me Out to the Ballpark" bailado, cantado y actuado por la fauna del Bronx, que con excepción de dos o tres mulitas de Manhattan no le piden nada a los aficionados del Toros Neza.

Lo mejor de todo es cuando Mariano Rivera es anunciado para el relevo, porque en ese momento Metallica y su Enter Sandman enmarcan la noche y todos los presentes entonan el himno del relevista moviendo sus cabecitas en onda mosh, trash, heavy: "Exit light, Enter night, Take my hand, Off to never never land".

Los Orioles fueron sólo como los Coroneles que sirven de sparring para los Globbetrotters, que mágicamente siempre ganan, por lo menos eso fueron esa noche donde los Bombarderos consiguieron que todos salieran con el "New York, New York" en los labios, mientras por las orejas "Blue Eyes" Sinatra, nos lo decía al suavecito.

La vida me puso ahí, (con todo el Yiortch que es una gran compañía y un andarín excelso con quien fui de la 116 a la 52 con escala en la Apple Store), y aunque la calle que está enfrente del viejo estadio parece la salida del metro Talismán con todo y el tren elevado, sólo que laspiqueras y cervecerías que están enfrente sí están más fieras que las que circundan el mercado de Jamaica, no me puedo quejar, el Sino me dio un cariñito y cuando tenga unos 96 años, podré decirle a sus bisnietos: "Y yo estuve ahí".

PD: Para los que pasaron por aquí estos dos meses y no vieron nada nuevo. (Este lo tenía guardado, prometo esmerarme más en los próximos y hacerlo más seguido).